lunes, 1 de junio de 2015

"Maracaibo", por María Alejandra Sánchez


 Si un día he de morir 
si un día he de morir 
que sea aquí donde yo nací 
que sea aquí en Maracaibo. 

La Unión


Cuenta la leyenda que a mediados de los años ochenta, los integrantes del grupo español La Unión, tomaron un taxi en la ciudad de Nueva York y el conductor resultó ser nativo de Maracaibo, la segunda ciudad más poblada de Venezuela. Siendo fiel a su gentilicio, este taxista resultó ser bastante conversador y les insistió mucho en que debían componer una canción dedicada a su ciudad natal. Así, de este trayecto en taxi, resultó la canción “Maracaibo” de su famoso disco Al este de Edén.

Yo nací en Maracaibo, una mañana de junio del año 1972, y, desde que tuve conciencia, nunca me gustó mucho. Me molestaban, entre otras cosas, el calor inclemente, el aire acondicionado omnipresente como consecuencia de las altísimas temperaturas y el hecho de que casi todo el mundo hablaba más alto de lo que yo consideraba normal. A mi alrededor, sin embargo, siempre escuchaba hablar de las maravillas de la ciudad, de que “cómo Maracaibo, no hay otra” y hasta que debíamos dar gracias a Dios por el calor, porque si tuviésemos un clima más templado, “Mirá, aquí no cabríamos”.


Como “maracucha” -así se nos conoce en el resto del país a los nacidos en Maracaibo-, nunca había tenido tanta consciencia de mi gentilicio hasta que, en el año 2007, decidí mudarme a Caracas. Esa mudanza trajo consigo muchos cambios. Para comenzar, perdí mi nombre propio: pasé de ser María Alejandra Sánchez a llamarme, simplemente, “La Maracucha.” Cada vez que abría la boca frente a un extraño, escuchaba el comentario: “¡Ah! Eres de Maracaibo, ¿verdad?”. También tuve que aclarar varias veces que el patacón, no era parte de mi dieta diaria. Y creo que lo que se esperaba de mí -según la idea que se tiene del maracucho en Caracas- es que fuese escandalosa, echara chistes y me gustaran las gaitas y Lila Morillo.

Ante este nuevo escenario de vida, comenzó -para mi sorpresa- un acercamiento a ese lugar que por muchos años me resultó tan hostil. Maracaibo, que antes del siglo XX fue una ciudad portuaria y mayormente aislada del resto del país por su casi infranqueable lago; que se convirtió en sede de grandes compañías transnacionales, luego del descubrimiento de sus yacimientos de petróleo; y que experimentó una sensación de prosperidad y expansión con la llegada de cientos de trabajadores de todas partes del mundo. La misma que a partir de 1962, gracias a la construcción del Puente Rafael Urdaneta -o Puente sobre el Lago-, se integró, finalmente, a la costa oriental del lago y al resto de Venezuela, o al menos eso se pensó.


Maracaibo es una gran promesa incumplida. Esa ciudad rodeada de petróleo, donde compañías como la Royal Dutch Shell y la Creole Petroleum Company establecieron sedes; donde se llevó a cabo la primera proyección de cine en Venezuela, se creó el primer banco y operó el primer tranvía del país, es hoy una ciudad devastada. Años de malos gobiernos y falta de cultura de ciudad por parte de sus habitantes, la han convertido en un lugar caótico. Sólo quedan restos de esa capital pujante, donde se construían obras con infraestructura de referencia nacional e, incluso, internacional.

A pesar de lo malo, la distancia logró mi reconciliación con la ciudad. Cada vez que regreso, la veo con los ojos de la hija que, una vez superada la rebeldía adolescente, vuelve a apreciar las bondades de ese lugar donde nació y al que, al final, la unen lazos muchos más fuertes que un acento y un “vos”. Sigue siendo para mí un enigma la conexión del hombre con su territorio y, sin embargo. la experimento en cada viaje a Maracaibo, mientras me resguardo del sol, contemplo su lago y espero, al igual que tantos otros, por tiempos mejores.

María Alejandra Sánchez


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Trabajo realizado durante Fotografía escrita, taller dictado por Mílitza Zúpan en RMTF


4 comentarios:

  1. Excelente texto y mejor fotografía. Su autenticidad es manifiesta. Así nos sentimos quienes decidimos emigrar de la patria chica y hoy somos conscientes de que aquel espacio (físico y social) que marco nuestra juventud, dejó su impronta invencible.

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