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jueves, 30 de julio de 2015

"Ermelinda", por Mariana Mendoza


Han pasado dos años y cuatro meses desde la desaparición física de Hugo Chávez y ella aún llora su partida. “Qué dolor sentí cuando anunciaron la muerte de mi presidente Chávez. Tan lleno de vida. Tan bueno. Su inesperada partida todavía me duele en lo más profundo de mis sentimientos”, afirma Ermelinda Silva, una maestra jubilada de 78 años de edad.

Ermelinda nació en Aguasay, un pequeño y pintoresco pueblo en el estado Monagas. Es la penúltima de siete hijas. A pesar de las carencias de su familia, dice haber tenido una infancia feliz. Se casó joven y tuvo cuatro hijas. Todas niñas. Su esposo falleció cuando su hija menor aún no caminaba. Desde entonces llevó el peso del hogar con mucho sacrificio. 

Lograr un balance entre el trabajo y los compromisos familiares fue siempre una tarea difícil. Sin embargo, crió cuatro hijas profesionales. Todas se han ido del país. Como la mayoría de las madres venezolanas cuyos hijos han emigrado, Ermelinda mira la esperanza desde la soledad. Esta sola y enferma.

“La mayoría de las personas no entienden el dolor crónico”, dice con el rostro quejumbroso. “Es un dolor persistente, permanente, que yo misma no entiendo. Afecta todos los aspectos de mi vida”. Desde hace cuatro años padece una enfermedad en la columna vertebral. Cirugías, estudios médicos, tratamientos, pero sobre todo mucha frustración. No hay cura.

Ermelinda siente pasión cuando habla de la Revolución Bolivariana. No se considera una chavista “oportunista”. Pertenece al grupo de los chavistas ideológicos, esos que se autodenominan socialistas. Reconoce que la situación del país es incierta. Esta inconforme, pero pacientemente espera un mejor futuro.

Mariana Mendoza

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Ejercicio realizado durante el taller Fotografía Escrita II, dictado por Mílitza Zúpan en RMTF

lunes, 1 de junio de 2015

"Maracaibo", por María Alejandra Sánchez


 Si un día he de morir 
si un día he de morir 
que sea aquí donde yo nací 
que sea aquí en Maracaibo. 

La Unión


Cuenta la leyenda que a mediados de los años ochenta, los integrantes del grupo español La Unión, tomaron un taxi en la ciudad de Nueva York y el conductor resultó ser nativo de Maracaibo, la segunda ciudad más poblada de Venezuela. Siendo fiel a su gentilicio, este taxista resultó ser bastante conversador y les insistió mucho en que debían componer una canción dedicada a su ciudad natal. Así, de este trayecto en taxi, resultó la canción “Maracaibo” de su famoso disco Al este de Edén.

Yo nací en Maracaibo, una mañana de junio del año 1972, y, desde que tuve conciencia, nunca me gustó mucho. Me molestaban, entre otras cosas, el calor inclemente, el aire acondicionado omnipresente como consecuencia de las altísimas temperaturas y el hecho de que casi todo el mundo hablaba más alto de lo que yo consideraba normal. A mi alrededor, sin embargo, siempre escuchaba hablar de las maravillas de la ciudad, de que “cómo Maracaibo, no hay otra” y hasta que debíamos dar gracias a Dios por el calor, porque si tuviésemos un clima más templado, “Mirá, aquí no cabríamos”.


Como “maracucha” -así se nos conoce en el resto del país a los nacidos en Maracaibo-, nunca había tenido tanta consciencia de mi gentilicio hasta que, en el año 2007, decidí mudarme a Caracas. Esa mudanza trajo consigo muchos cambios. Para comenzar, perdí mi nombre propio: pasé de ser María Alejandra Sánchez a llamarme, simplemente, “La Maracucha.” Cada vez que abría la boca frente a un extraño, escuchaba el comentario: “¡Ah! Eres de Maracaibo, ¿verdad?”. También tuve que aclarar varias veces que el patacón, no era parte de mi dieta diaria. Y creo que lo que se esperaba de mí -según la idea que se tiene del maracucho en Caracas- es que fuese escandalosa, echara chistes y me gustaran las gaitas y Lila Morillo.

Ante este nuevo escenario de vida, comenzó -para mi sorpresa- un acercamiento a ese lugar que por muchos años me resultó tan hostil. Maracaibo, que antes del siglo XX fue una ciudad portuaria y mayormente aislada del resto del país por su casi infranqueable lago; que se convirtió en sede de grandes compañías transnacionales, luego del descubrimiento de sus yacimientos de petróleo; y que experimentó una sensación de prosperidad y expansión con la llegada de cientos de trabajadores de todas partes del mundo. La misma que a partir de 1962, gracias a la construcción del Puente Rafael Urdaneta -o Puente sobre el Lago-, se integró, finalmente, a la costa oriental del lago y al resto de Venezuela, o al menos eso se pensó.


Maracaibo es una gran promesa incumplida. Esa ciudad rodeada de petróleo, donde compañías como la Royal Dutch Shell y la Creole Petroleum Company establecieron sedes; donde se llevó a cabo la primera proyección de cine en Venezuela, se creó el primer banco y operó el primer tranvía del país, es hoy una ciudad devastada. Años de malos gobiernos y falta de cultura de ciudad por parte de sus habitantes, la han convertido en un lugar caótico. Sólo quedan restos de esa capital pujante, donde se construían obras con infraestructura de referencia nacional e, incluso, internacional.

A pesar de lo malo, la distancia logró mi reconciliación con la ciudad. Cada vez que regreso, la veo con los ojos de la hija que, una vez superada la rebeldía adolescente, vuelve a apreciar las bondades de ese lugar donde nació y al que, al final, la unen lazos muchos más fuertes que un acento y un “vos”. Sigue siendo para mí un enigma la conexión del hombre con su territorio y, sin embargo. la experimento en cada viaje a Maracaibo, mientras me resguardo del sol, contemplo su lago y espero, al igual que tantos otros, por tiempos mejores.

María Alejandra Sánchez


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Trabajo realizado durante Fotografía escrita, taller dictado por Mílitza Zúpan en RMTF


martes, 12 de mayo de 2015

"TEMPUS FUGIT", por Mari Matouk


Yo era grande, tan grande como mi ego, hermosa por fuera y por dentro, con una esencia a frutos del bosque, bien peculiar. Con odio digo la frase que pensé que jamás repetiría: "Nada dura para siempre". La vida se encarga de afilar sus garras para arrebatar el deseo de eternidad, hasta en la muralla más resistente. A pesar de que era hermosa, el tiempo no dejó de transcurrir y fue dejando rastros firmes sobre mi cuerpo, como si quisiera destruir mi deseo de permanencia. Al principio, ellos se preocupaban por mí, estuvieron conmigo en cada instante, pero luego fueron tomando su camino, alejándose poco a poco. Estuve con ellos en sus peores momentos, los acogí cuando no tenían nada, fui su apoyo. ¿Por qué se distanciaron?


La soledad y la decadencia se van apoderando de mí, paulatinamente. Me abandonaron y eso me terminó de derrumbar; ahora solo soy parte de su historia. A veces me pregunto si ellos piensan en mí, como yo pienso en ellos. Estoy en un callejón sin salida, las emociones me abruman, no hay paz dentro de mí. Me siento abandonada, triste. Me atormentan los recuerdos, la presencia de quienes alguna vez formaron parte de mi vida. El tiempo no perdona, los años simplemente transcurren, y son severos. Ya no quiero verme en el espejo. Me voy desvaneciendo cada vez más rápido, el tiempo hace conmigo lo que quiere y yo, ya no puedo más.


Mari Matouk
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Trabajo realizado durante el taller Fotografía escrita, dictado por Mílitza Zúpan en RMTF

lunes, 20 de abril de 2015

"Caracas: sin centro, pero adentro", por Omar Salas



Es una ciudad en constante demolición 
que conspira contra cualquier memoria.

José Ignacio Cabrujas


Siempre en constante cambio, voraz, frenética, así va, así vive, así se vive Caracas. Me gusta caminar, y mucho. Puedo decir que cuando camino me encuentro solo con mis ideas, lentamente me voy quedando vacío, tan limpio que las imágenes aparecen por sí solas. La ciudad se muestra como es, ruda, sin escrúpulos, cada vez durmiendo más temprano. Cada día hay que correr más rápido para llegar a casa, las calles están más vacías. Los locales tienen toque de queda a las 11:30 de la noche, con suerte, una hora más. Se terminó, no más fiestas en las calles, la moda ahora es tomar donde los amigos y amanecer en casa ajena, puede tocarte el número y terminas en la morgue, en lista de espera. 

La gente cada vez sale menos, vive menos, respira menos, la calle se vuelve un desierto sin arena. Son las dos de la tarde, te descubres solo, a la espera de que vengan dos en una moto y te quedes sin celular. Si estás limpio, un tiro en donde más te joda la vida, pero que no te mate. Si el afectado carga un arma, no hay negociación, primero aparece la bala y después el cuerpo cae al suelo, sobre las hojas y, poco a poco, se le va escapando la vida. Los testigos hablarán solo si tienen un arrebato de valentía, si no, se quedan en sus casas a esperar a la programación de mañana.


Robo, secuestro, cola en el supermercado. Aparece el candidato hablando, está trabajando, ese muchacho sí trabaja, aunque no lo veamos. Seguramente trabaja porque tiene escolta; ahora la vida es más, con protección. El Presidente está en lo mismo: cadenas, guerras contra el imperio galáctico, seguro se le aparece Darth Vader a decirle que es su padre. Ahí sabríamos que definitivamente no es venezolano. Pero, ¿qué importa? Vendrá otro show y todos voltearemos al otro lado y diremos: "la vaina está jodida, la inflación nos está consumiendo, pero mañana es puente y me voy a la playa".

Qué efímera es nuestra memoria. Qué rápido olvidamos a los que murieron tratando de hacer algo, los cauchos quemados, el olor a lacrimógena. Es más sencillo vender todo aquí y tratar de irse del país para ser un inmigrante. Que vengan y te vean feo. Aprender otro idioma, nuevas costumbres. Tratar de comerse al mundo con la llamada "viveza del venezolano", que no es sino otra forma de ser corrupto. Ahí comienzas de nuevo el ciclo: Un chanchullo por aquí y otro allá, poco a poco, vas corrompiendo el nuevo sistema, te vuelves un cáncer que va matando lento, otra vez. 

En el radio suena "Yo no me voy de aquí hasta que revienta". No estallará cuando tumben al gobierno, ni tampoco cuando se aparezcan los gringos y sus millones de armas para colonizar. Se rajará cuando todos nos cansemos del absurdo en que vivimos. La caldera explotará cuando ya tengamos un muerto por minuto. Será justo en ese momento, cuando nos daremos cuenta de que la ciudad está formada por individuos que llenan sus calles. No es solo quedarse en casa, esperar al otro y la solución.


Omar Salas


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Trabajo realizado durante Fotografía escrita, taller dictado por Mílitza Zúpan en RMTF








jueves, 9 de abril de 2015

#AsíSeSienteSerFeliz, por Valentina Semtei

Sophia: Saltar al agua


“La felicidad es una cosa demasiado ambiciosa, 
la alegría es más humana, más a nuestro alcance”.

Fernando Savater.


¿Qué te hace feliz? ¿Qué tanto necesitas para ser feliz? Le he preguntado esto a muchas personas y he obtenido múltiples respuestas. Para la mayoría de las personas, la felicidad parece resultar esquiva en el presente. Son capaces de reconocerse felices en el pasado, en el recuerdo de un momento anterior que, por lo general, va asociado a eventos significativos que ocurren pocas veces durante el transcurso de la vida. Algunos me han preguntado: “¿Cómo puedes ser feliz en medio de este desastre?”.

Durante el mes de febrero del año 2014, en medio del clima de intensa violencia, de protestas y represión presente en Venezuela, comencé a realizar un ejercicio privado, inspirada en el registro de emociones positivas propuesto por Martin Seligman. Consistía en llevar un diario -por medio de anotaciones o imágenes hechas con mi teléfono- de cada una de mis alegrías cotidianas, de todos esos oasis de alivio privado e íntimo en medio de tanta tensión. Comencé a utilizar la etiqueta #AsíSeSienteSerFeliz en esta bitácora que hizo las veces de válvula de escape a esa situación desesperada.

Seligman afirma en su libro La auténtica felicidad que para tener una vida plena es necesario que experimentemos emociones positivas respecto al pasado y al futuro, y que seamos capaces de disfrutar de los sentimientos positivos procedentes de los placeres. Mediante estas gratificaciones, podremos encontrarle un sentido a nuestra vida.

Muchas veces no prestamos atención a lo cotidiano, a lo habitual. Actuamos desde lo que sabemos hacer y todas esas alegrías pasan a ser invisibles para nuestra conciencia. Quizás, parándonos a reflexionar un poco, podemos ver que la forma particular que cada uno de nosotros tiene de observar el mundo se corresponde a un sistema de valores en el que algunas cosas son permitidas y otras no, como sentirse feliz en medio de una situación caótica.

Este es un trabajo abierto y de registro continuo, un estudio sobre la alegría cotidiana, esa que, a veces, pasa desapercibida. Un mapa de ruta que va escribiéndose sobre la marcha.


Valentina Semtei
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Trabajo realizado durante Fotografía escrita, taller dictado por Mílitza Zúpan en RMTF

Gustavo: Celebrar que es viernes con un ron

Luis: Abrazar a mi perro, cuando está recién bañado

María: Que la gente se pare a bailar con mi música, eso me hace feliz

Marta: Cada vez que puedo, venir a trabajar en bicicleta

Mauro: Que el plato que prepare sepa y luzca como lo imaginé

Omar: Fumarme un habano, mientras escucho música

Sofía: Invitar a mis amigas a jugar muñecas


lunes, 30 de marzo de 2015

"Mujeres de Allah", por Marianella Perrone

Marianella Perrone


Después de doce años, de nuevo un viaje a Turquía. Estambul, ciudad, recuerdos y asombro. En sus calles ahora todas las mujeres van con velos. Ya no se observan cabelleras multicolores, rojas, negras, rubias, ni pelos ondulados o lisos.

El velo como límite significa mucho más que una prenda de vestir. Refleja una profunda carga ideológica y la forma como el Islam define y separa los espacios en masculino y femenino. Impuesto por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en el año 2002 bajo el pretexto de una cruzada emancipadora del primer ministro Receipt Erdogan, es considerado como señal de identidad en el código de vestimenta islámico, el mismo código que había abolido Ataturk el 1924.

Ha transcurrido más de una década desde que el pueblo turco está en manos de los islamistas del AKP y Erdogan ha ido dando pequeños pasos, poco a poco, hacia la islamización de la sociedad, sin respetar el laicismo, la libertad de expresión o la constitución secular. Ha polarizado al país con una agenda que abarca desde la intolerancia con el velo hasta la intromisión del Estado en la vida privada de los ciudadanos, prohibiendo la venta de alcohol, que las mujeres puedan reírse en lugares públicos y las parejas besarse en las calles.

Ya no se sienten olores a diferentes esencias. Ahora, para que la mujer turca sea considerada una buena musulmana, no debe utilizar perfumes con fragancias que provoquen a los hombres y tampoco puede "flirtear" con el sexo opuesto. El uso de perfumes se considera inmoral, ya que el altísimo profeta Mahoma no veía con gentileza a las mujeres que los utilizaban fuera de su casa.

La subordinación femenina a lo masculino en la vida cotidiana es reflejada ante el deber de la lucha, una lucha intimista. No hay voces, nadie las escucha.

Se siente un temblor que agrieta los cimientos de ese mundo, se puede percibir. Tal vez lo correcto sería denunciar la opresión atroz del pueblo turco. A veces, las imágenes logran ese efecto.


Marianella Perrone C.
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Este trabajo fue realizado durante Fotografía escrita, taller dictado por Mílitza Zúpan en RMTF  

jueves, 26 de febrero de 2015

"Veinticinco días y noventa y siete años", por Silvia Castro


12 de febrero de 2014. 8:37am

Despertarla cada mañana es una tierna lucha. Dicen que los ancianos sufren trastornos de sueño, pero desde hace meses Pau duerme más de trece horas cada noche. No tiene horario, no tiene compromisos, no espera nada y nadie la espera a ella.

La fragilidad que hoy muestra Pau dista mucho de la mujer fuerte que siempre fue. Una guerra, huir de España, llegar a Francia, huir de los nazis, esconderse en un bosque con un bebe durante meses, huir de Francia, llegar a Venezuela, empezar de cero. ¿Qué es uno al lado de todo eso?

Pau duerme en una cama individual. Teo murió hace más de ocho años, pero mucho antes de su muerte ya dormían en camas separadas; no por divorcio, ni peleas. Una cama al lado de la otra, pero cada quien en la suya. A cierta edad la comodidad, sin duda, es prioridad y, después de sesenta años durmiendo juntos, el anhelo por una cama propia pareciera más que justificado. Tras la muerte de Teo, no tardó en venir a vivir a la casa, sin presión, llegó el día en el que ella sola entendió que ya eran muchos años y necesitaba ayuda. Pau se mudó con una maleta de sesenta por cuarenta centímetros y su cama individual. No le faltó nada.

Cada mañana ruega por unos minutos más de sueño, es difícil decir que no. Duerme unos minutos más, mientras se le prepara el baño y la ropa.

Sentada en la cama, se ríe de la flojera. Hoy tiene tema nuevo, abrazos y besos de feliz cumpleaños. No lo cree, se sonríe, pregunta qué día es. La respuesta: 12 de febrero. Comienza a aceptar que sí cumple años, le aseguran que son noventa y siete, con eso ya de plano no cree nada. Se ríe, le sacan las cuentas de arriba a abajo, dice que es imposible, esos son muchos años y ella no se siente de tantos.

Baño, lavarse los dientes, peinarse, vestirse. Todo se hace con ella sentada en una silla plástica, todo se hace en un metro cuadrado.

El circuito de Pau es corto: cuarto, baño y un pequeño estar. La vida se concentra en cuatro paredes, no quiere más, sacarla de su espacio le genera un gran sufrimiento. Todos los días son iguales, nada cambia, no hay sorpresas.

Su memoria es su mejor aliada contra la rutina.

En los últimos cuatro años Pau solo ha salido de la casa seis veces: elecciones parlamentarias 2010, elecciones municipales y regionales 2010, elección presidencial 2012, elecciones regionales 2012, elección presidencial 2013 y elecciones municipales 2013. A pesar del esfuerzo, más allá de algún alcalde o gobernador, no gana una. No lo entiende. ¿Cómo explicarle?

La movilidad es el gran enemigo de Pau, años con dolores en las piernas, la han ido agotando y la han llenado de inseguridad. Pau no se mueve sin la andadera y sin alguien atrás que la agarre para sentirse protegida. Tiene una silla de ruedas que solo usa en caso de necesitar salir de la casa. Así pues, la silla es de carácter electoral.

Hoy hay marcha, día complicado.

Twitter agobia, las noticias no paran, el día se salió de control, hay muertos, nadie entiende nada. Con Unión Radio Noticias de fondo musical transcurre el día. Pau no sabe nada, mejor no contarle, es un crimen robarle el cumpleaños con las noticias. ¿Cuántos cumpleaños pueden quedar después de los noventa y siete?

Ve la torta, la vela, el coro de tres cantando y se vuelve a sorprender de que sea su cumpleaños. La memoria va palo abajo.

Pau tuvo un feliz cumpleaños.



16 de febrero de 2014. 9:22 am

Pau esta decaída, se ve cansada, todo transcurre como cada día pero sin sonrisa alguna. La andadera pasa a hacerle compañía a la silla de ruedas. Sin saberlo, Pau amaneció como el país.

Menú del desayuno: papilla de cambur y avena, lo come con gusto y se vuelve a dormir. Pañales, sopas, papillas, crema cero, a los noventa y siete años todo parece volverse pediátrico.

Siguen las protestas, no hay clases en las universidades.

El doctor no puede llegar, el este de la ciudad está plagado de barricadas. El llamado es a que nadie salga de sus casas y al que lo intente, no dejarlo circular.

Cauchos, colchones, rejas, neveras, las barricadas resultan la oportunidad perfecta para limpiar las casas. La andadera y la silla de ruedas tiemblan.

Los juegos de guerra no dan tregua ni a las emergencias.

Pasadas las tres de la tarde, el doctor logra llegar. Mide tensión, pulso, oxígeno. El termómetro no marca nada, es de esos digitales que, según él mismo, no sirven. Todo lo que se pudo medir está mal. Todo es irreversible, el cuerpo ya no da más, comienza a apagarse, lo único que queda es hacerlo lo más llevadero posible.

Concentrador de oxígeno, nebulizador, suero... En dos días se redecoró el cuarto de Pau.



22 de febrero de 2014. 7:48 am

Todo sigue igual. Pau pasó toda la noche preguntando por su mamá, como cada una de las últimas siete noches. Nada pareciera mejorar mucho. Pau despierta, pero sin abrir los ojos.

Un vocero del gobierno asegura que todo lo que sucede responde a un plan orquestado por el imperialismo norteamericano. Parece que Pau no es la única que no abre los ojos.

Al prepararla para su baño en la cama, no quiere sentirse desvestida. Con los ojos cerrados, busca con las manos, angustiada, algo con qué taparse. Al explicarle que hay que bañarla, solo pide que traten de tenerla tapada, le avergüenza pensar que su papá llegue y la encuentre desnuda.

La memoria hace lo que le da la gana.

Las consultas con el geriatra son vía Whatsapp. Las barricadas estimulan la creatividad.



03 de marzo de 2014 1:18 pm

Desde hace diez días Pau no abre los ojos. Desde hace diecisiete, no se levanta de la cama. Desde hace veinte, el país convulsiona.

Ya no habla, modula mal, mamá y papá son los únicos llamados que se entienden con claridad. Mientras se va apagando, la memoria se va yendo a lo más uterino, busca resguardo en los recuerdos primarios, donde todo parece puro.

La muerte no es más que una consecuencia irremediable de estar vivos. Que Pau llegara a los noventa y siete años, más allá de ser la respuesta a gozar de una buena salud o la suerte de no sufrir ningún accidente, es la consecuencia de un miedo absoluto a la muerte. Ese miedo fue el que la llevó a una larga vida; sin miedo hace rato que se habría despedido.

En su cuenta de Twitter, un alcalde de oposición dice: "Altamira: muchas lacrimógenas y molotov, manifestantes refugiados en edificios y la Policía Nacional Bolivariana tratando de entrar. Algunos detenidos". El miedo a la muerte. El miedo a que no quede ni un poquitico de país.



09 de marzo de 2014 7:12 am

Las mañanas se reconocen por la ausencia de gas lacrimógeno y un silencio absoluto.

Es temprano, pero ya hace más de cuatro horas que no se oye nada en el cuarto de Pau. No se escuchan los sueños interrumpidos ni los quejidos por las piernas adoloridas.

Pau esta acostada de lado, con el rostro hacia la ventana; es un rostro placido. Los ojos abiertos son la señal obvia de que alguien ha despertado. En el caso de Pau hay que buscar otros indicios: sentarse a su lado, sujetarle la mano, hablarle suave buscando respuesta.

Nada responde, nada se sostiene por si solo.

Para Pau la muerte resultó, más que un despido, una renuncia voluntaria. El cansancio ganó, el miedo perdió. Veinticinco días y noventa y siete años, sin duda, agotan.

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Este trabajo fue realizado durante el taller "Fotografía escrita", dictado por Mílitza Zúpan en RMTF.

viernes, 13 de febrero de 2015

"Sin ella", por Carolina Toro-Clemente



"Soy un hombre que tuvo la dicha de vivir 47 años con su esposa y otros tantos de novios. Fue el amor de mi vida. Nuestro matrimonio transcurrió en un ambiente de paz y felicidad. Nunca tuvimos mayores discusiones, aunque ella siempre me regañaba por infinidad de cosas, 'Pepe, o te cambias o no salgo contigo', 'por favor, sácate la guayabera del pantalón', 'no frenes cuando la luz está en verde'... Tuvimos cuatro hijos, dos niñas y dos varones. Rosana fue la última, llegó 14 años después del último varón y vino a alegrar nuestro hogar.

No tengo palabras para describir lo que siento ahora que ella no está. Cuando me acuesto en nuestra cama, por las noches, hay momentos en los que no puedo respirar. En vida nunca me permitió sentarme en ella después de tenderla; cada uno de nosotros tenía un lugar en el sofá del cuarto con este fin. Ahora paso horas allí, recostado con mi iPad, leyendo las noticias y tuiteando sin que nadie me reclame.

Su ropa sigue en sus closets, mi hija mayor la usa constantemente. Siempre que se viste para sus compromisos en el medio artístico -un espacio y pasión que compartía con su mamá-, me asombro de cuánto se va pareciendo a ella cada día que pasa. Me hace sonreír.

Ya no me gusta permanecer en casa porque ella no está, no me gusta comer solo en nuestra mesa y trato de llegar a dormir para no pensar en ese vacío a mi lado. Mis días transcurren entre entrevistas y conferencias, conversando sobre la situación política, el petróleo, la economía y las interminables injusticias que suceden en un país que una vez, no hace mucho, fue de los que ofrecían mayores oportunidades. Todo esto constituye un escape cuando logro concentrarme. Sin embargo, no logro evadir su ausencia".

José perdió a su esposa hace 9 meses, después de 5 años de lucha contra el cáncer. La acompañó a todas y cada una de las consultas médicas y tratamientos, la cuidó hasta que ya ella no pudo continuar.


Carolina Toro-Clemente

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Este trabajo fue realizado durante el taller "Fotografía escrita", dictado por Mílitza Zúpan en RMTF.